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La figura paterna en la psicología actual

figura paterna

Si la madre es la figura fundamental en los primeros años de vida de la niña, el padre es quien, a través de su mirada, la ayudará a construir su feminidad.

Una relación particular que no deja indiferente.

“Una niña se transforma en mujer bajo la mirada de su padre”, sostiene el psiquiatra y psicoanalista francés Didier Lauru, autor del libro Padre-hija, una historia de la mirada publicado en Francia.

Investigaciones a fondo

Si escritores y cineastas como Víctor Erice se han interesado por esta particular relación, pocos han sido los especialistas que han investigado a fondo el tema.

Didier Lauru decidió hacerlo cuando se dio cuenta de que las mujeres que venían a su consulta le confesaban la dificultad que tenían en vivir plenamente su papel de mujer, de enamorada, de amante, de futura madre o de madre.

Y descubrió que en el centro de estas dificultades estaba la mirada del padre. “Siempre caía ahí -cuenta el psicoanalista-: en la figura del padre. En la mirada presente o en la ausencia de ésta hacia su hija”.

Y es que, en la relación compleja que le une, la mirada del padre es determinante para la realización plena de la hija. “Hasta que la hija no está segura de la mirada amorosa que el padre tiene por ella, buscará el amor en la mirada de los hombres con los que se cruzará a lo largo de su vida”, afirma Lauru.

Un padre extraordinario

Es lo que le pasó a Marta, de 37 años: “Tuve la suerte de tener un padre extraordinario, de una bondad y una calidez absolutas, pero que falleció siendo yo una niña, a los 12 años. Lo adoraba. Esa ausencia me ha marcado más de lo que imagino.

Todavía hoy me resulta difícil vivir historias sentimentales largas. Supongo que, inconscientemente, de lo que tengo miedo es de un nuevo abandono. Por eso no sé implicarme en ellas y en cuanto surgen las primeras dificultades, me entran ganas de romper”.

Hambre de padre

El padre es el modelo masculino para la mayoría de las chicas, y la ausencia de relación emocional con él se puede traducir en una desconfianza de sus posibilidades con los hombres.

Es lo que el psiquiatra infantil norteamericano, James Herzog, ha llamado “hambre de padre”. Se trata de un deseo profundo y persistente de conectar emocionalmente con el padre.

Cuando esta necesidad está satisfecha, las niñas suelen crecer confiadas, seguras, fuertes, agradables. A menudo, sin embargo, esta relación no se satisface y la necesidad de lazos con el padre crece.

Conflictos varios

Para las chicas, esto suele transformarse en conflictos con la comida, el peso y la imagen.También puede llevar a la hija a tener una pubertad más precoz y a mantener relaciones sexuales a una edad más temprana, como han descubierto investigadores de la Universidad Vanderbilt deTennessee (Estados Unidos).

“Esta relación negativa con el padre puede deberse a que la hija se queda unida a la madre sin acceder al hombre”, señala la psicoanalista Sacra Blanquer.

La relación con mi padre ha sido abierta y de mucho diálogo. A veces hemos parecido más contertulios que padre e hija porque muchas de esas charlas y buenos momentos los hemos tenido fuera de casa, en algún café.

Mi padre siempre ha sido una persona a la que le ahoga la casa. Fuera se siente más libre, es más él. Esto me costó aceptarlo cuando era más joven; con los años he aprendido a apreciar su sociabilidad.

Siendo optimista

Me ha enseñado muchísimo de la vida: que hay que ser optimista y mirar hacia delante, que uno no puede estar en eternas luchas con uno mismo, que se sale de los baches y que siempre hay luz, que hay que tener proyectos que a uno le motiven en la vida.

Me ha enseñado el valor de la palabra, de la lectura, el placer de los libros y del conocimiento. Recuerdo una vez, siendo estudiante, pasé por una etapa escolar en la que tuve muchos problemas. Me sentía observada por los demás.

Al llegar a casa una tarde, le pregunté: ‘Papá, ¿por qué hay gente que dice que soy rara?’. Me contestó: ‘Qué suerte, hija mía! Eso significa que eres diferente’.

Gracias a él vi que ser diferente no es un defecto, sino una virtud. A su lado me he sentido bien, protegida. Otras veces, he sentido que soy yo quien lo protejo, sobre todo en los momentos duros en que nos ha tocado vivir, como ha sido la muerte de mi madre.

La palabra

En estos momentos, mi padre ha sacado a una persona valiente, tierna y sensible que yo no conocía. A través de la palabra, nos ha regalado muchas cosas, que le costaba expresar con un abrazo o con un beso. Fue huérfano de padre y eso ha conformado su carácter.

No tenía ningún referente al que agarrarse, tampoco conoció a su abuelo y eso ha hecho de él el padre atípico que es. Creo que ha inventado un nuevo modelo de padre sin saberlo.

A veces, de las carencias salen virtudes. Es un gran conversador, un superviviente, un amigo, un confidente, un ser divertido, ingenioso, irónico, a veces, en exceso. Un hombre con un gran mundo interno. Hemos tenido altos y bajos, pero ahora no pretendo cambiar nada de él.

Ya nos hemos visto las caras y nos aceptamos como somos, pero en otros momentos de mi vida me hubiera gustado que hubiese sido más cariñoso, que me dijera que me quería, que hubiese sido más casero.

Con los años, he reconocido su forma de quererme y he dejado de pelearme con la figura del padre ideal que yo tenia en mente. Pero en mis parejas, he buscado lo contrario de mi padre, alguien más detallista o con los pies más en la tierra; con valores más terrenales y menos metafíslcos para que me ayude a bajar de mi mundo.

En mi vida es alguien fundamental.

Busco su aprobación, sentir que le gusta el curso de mi vida, que participa en ella activamente y que se siente orgulloso de mí. Eso no quita para que, si tomo una decisión sobre algo y que él no está de acuerdo, no siga adelante con mi idea.

Pero, por lo general, me gusta tenerlo a mi lado y dejarme aconsejar por él. Ve cosas que yo aún no he visto, las intuye antes de que me ocurran y me previene”.

Susana Chillida

A mi padre lo recuerdo como alguien muy cercano, afectuoso, cariñoso. Me encantaba sentarme a su lado, cogerle las manos. Él se dejaba, no era nada arisco. Tardé en darme cuenta de la importancia que tenía para los demás.

Fue entonces cuando empezó a producirse un cambio en mí: en la universidad evitaba decir mi apellido, no me gustaba que me reconociesen, quería vivir de Incógnito.

Mientras mis hermanos avanzaban en sus vidas con una vocación clara, yo empecé a buscarme: rechacé el arte, estudié educación y me marché a Estados Unidos. Sin embargo, por circunstancias de la vida, el arte vino a mi encuentro. Un día cogí un libro de bibliófilo en mis manos.

Era “El camino de los divinos”. Pasé una página, y otra y, de repente, me encontré con una obra de mi padre.

Me dio un vuelco el corazón.

Era un grabado precioso, impresionante. Lo miré durante media hora como nunca antes había mirado nada. Esto marcó un antes y un después: me deshice de mis rebeliones y me acerqué a su obra con muchísima curiosidad.

Hice dos películas sobre mi padre y escribí dos libros que están en el Museo Chillida-Leku de San Sebastián. Su obra era como él había sido siempre: de una Integridad, limpieza y contundencia impresionantes.

Mi padre me determinó. Me enseñó el valor del trabajo y del esfuerzo y que la facilidad no es buena guía. Era una persona tremendamente exigente consigo misma, pero de una generosidad extraordinaria. Recibía a todo aquel que mostrase curiosidad por el arte, sin importarle quién era.

Antes de que muriese tuve tiempo de decirle todo lo que sentía. Como estaba enfermo, con todo el atrevimiento del mundo le agradecí, por mí y por todos, su vida y su trabajo. Lástima que no pueda ver que he vencido mis prejuicios y me atrevo con nuevos libros y películas ajenos a él.

La madre

Hasta los 4 ó 5 años, el papel y la influencia de la madre es fundamental en la niña, pudiendo existir, a veces, una sobreprotección que el padre deberá romper. Como explica Guillermo Kozaméh, profesor de Teoría Psicoanalítica de la Universidad de Comillas de Madrid:

“Si él no actúa separando este idilio madre/hija, la madre quedará fusionada a la hija, estableciéndose entonces una relación con intenso amor, pero también con grandes riesgos para la autonomía de la niña”.

Modelo paterno

Muchas son las mujeres que han sido heridas por no tener una presencia paterna adecuada. O porque el padre estuvo ausente, era demasiado autoritario, indiferente, débil frente a la madre.

Y esto condiciona a la hija a la hora de buscar pareja. Según un estudio realizado por la psicóloga inglesa Linda Boothroyd, las chicas que tienen una relación sana con el padre se suelen sentir atraídas por hombres muy masculinos y viriles, mientras que si la relación no ha sido tan buena, eligen a alguien menos varonil, como le sucedió a Silvia, de 44 años:

“Quiero a mi padre, pero siempre he rechazado la figura masculina que transmitía, demasiado autoritaria y machista. Por eso me casé con Felipe, mucho más dulce. Aunque soy yo la que debe imponer la disciplina a nuestros hijos”.

Quizá la ausencia que tienen de un modelo positivo del rol masculino hace que no busquen la masculinidad en sus parejas. “O puede ser que simplemente tengan menos seguridad en si mismas y que por eso se muestren menos competitivas en cuestión de hombres”, sugiere la psicóloga.

Renuncia necesaria

Es evidente que el padre puede y debe influir en el desarrollo, tanto emocional como intelectual de la hija. “Cuanto mayor sea el grado de madurez emocional y satisfacción personal del padre hacia su familia y su entorno más inmediato, más saludables y positivos serán los vínculos que le unan a su hija”, sentencia la psicoanalista Sacra Blanquer.

Incluso en la peligrosa etapa de la adolescencia en la que el padre que hasta el momento se ha sentido muy próximo de su hija, tiene tendencia a separarse de ella porque ésta le rechaza.

Esto, sin embargo, es fundamental para su desarrollo. La niña necesita encontrar su propia autonomía y suele alejarse tanto del padre como de la madre.

Se vuelve más autocrítica, ve que su padre, al que había idealizado, también falla, como explica la escritora Elisabeth Barillé en su libro A sus pies (Gallimard):

“No existe el padre ideal. Sólo existen hombres que hacen lo que pueden. Por eso, en esta relación tan singular que une a padres e hijas la decepción suele encontrarse al final del camino. Sin embargo, es a partir de esta decepción que la feminidad de la hija puede florecer plenamente”.