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Las malas horas, las horas malas…

Las malas horas

Todos las padecemos, las sufrimos, las pasamos. Las horas malas son difíciles de gestionar y a la vez implacables; pero si nos citamos con ellas sin miedo alguno también pueden ser fecundas.

No me refiero a las cuatro de tarde, cuando ese cansancio sin objeto aún puede atribuirse al sopor de la comida o al sudor de más de cien años de soledad. Las siete de la tarde es la hora de la verdad.

Ni la difícil mañana de un mal despertar, ni las delicadas e implacables horas de la noche. En ese momento, nada puede disimularse. No suele coincidir en todos los casos con las siete, tal vez cada cual tiene sus propias malas horas.

En realidad, vienen a suceder periódicamente, a un mismo tiempo, y tal parece ser entonces, paradójicamente, o que no cabe tiempo, o que se detiene, o que se demora como una suerte de eternidad, de intemporalidad, pero poblada de imposibilidades, impotencias y desazón. No hay consuelo.

No nos encontramos capaces, nos sentimos solos, un plúmbeo aburrimiento hace que todo resulte igual, no acontece ni siquiera el chispazo de una llamada, sólo los destellos de la siempre apagada, apagada incluso encendida, televisión.

A esa hora, los libros son un peso más, no pueden hacer coincidir los ojos con la mirada, no cabe la lectura ni la memoria, sólo el paso monótono de las hojas. No son las horas de la incertidumbre o de la perplejidad, tan nuestras y, en última instancia, tan necesarias para liberamos de posiciones contundentes, intransigentes, incuestionables. Las malas horas responden a una vaciedad que ni siquiera es un vaciamiento, ni un dulce vacío. Son amargas, difíciles de gestionar, de sobrellevar, son implacables.

Sin embargo, las malas horas también constituyen para cada uno la ocasión para valorar las demás. Semejante vaciedad convoca a no dejar que el resto del día se pueble de naderías.Tanto anonadamiento nos conduce a reconocer la hermosura de aquel café o de aquella palabra, plenos de sentido. Saber habitar las horas malas sin limitarse a pasarlas, abrazar esa ausencia nos proyecta hacia los otros, nos lleva a los asuntos.

Esa parálisis de las horas malas hace que, limitadas, nos permitan disfrutar otras, las de las correrías, los paseos, el deambular y el caminar en la vida. Tener una hora mala resulta fecundo si uno se cita con ella, sin miedo, si concita ahí los estados de ánimos y no se limita a depender de su dominio. Se trata de afrontarlos y de propiciar que no nos dobleguen, ni nos tomen, ni se apoderen de nosotros y no habrá temor a sentirse desolado, a llorar, a encontrase frágil y abatido.

Pero no siempre esa mala hora resulta tan buena. Viene a ser a veces una hora mala y las sombras lo pueblan todo y no hay palabras. El techo parece descender. Bajamos las persianas, apagamos la luz. Pasarán. Quizá. Probablemente.