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¿Los españoles somos racistas?

España es un país racista

La inmigración es un hecho patente en la sociedad española. Desempeña un papel tan importante que sin ella sería prácticamente imposible mantener algunos parámetros sociales: economía, trabajo, natalidad…

PsicologosSin embargo, esta convivencia siempre rica en el mestizaje, parece que empieza a causar problemas. Una encuesta del CIS dice que la inmigración es uno de los principales problemas de los españoles.

Y estas noticias provocan preguntas muchas veces preocupantes: ¿Somos todos racistas? ¿La sociedad desconfía de lo que viene del exterior? ¿Tenemos miedo a compartir lo nuestro? ¿Existe el racismo inconsciente? ¿Qué emociones fallan en los brotes racistas e intolerantes?

¿Somos todos racistas?

MARÍA JESÚS ÁLAVA: No se trata de ver si nos estamos convirtiendo en una sociedad racista, sino de ver si están aflorando conductas racistas. En este sentido, se están radicalizando las conductas más racistas.

ESTEBAN IBARRA: Hay que huir de las comparaciones, pero es verdad que cada vez hay más conductas racistas. Las circunstancias objetivas y las políticas preventivas están facilitando esta situación.

Hay una segunda generación y con ella una diversidad de colectivos, de culturas y de religiones, pero en paralelo no hay una educación en valores, ni unas políticas ni medidas que eviten la aparición de conductas racistas.

Pero no es sólo racismo, sino que hablamos de xenofobia, de antisemitismo…; es decir, hablamos de cualquier manifestación de intolerancia que viole la dignidad y los derechos de la persona.

JOSÉ GUILLERMO FOUCE: Por contraponer creo que crecen las conductas racistas, pero también las conductas solidarias. Pero me preocupa que no haya un discurso positivo sobre la inmigración como lo hay en otros países.

Ese discurso debe centrarse en lo que puede aportamos la inmigración, además de servir para prevenir conductas intolerantes.

España es un país racista

¿Miedo a lo extraño?

M.J.A.: Hay un mecanismo muy automatizado en nosotros, que nos previene ante lo extraño. Es como un resorte que pone en alerta nuestro sistema nervioso autónomo.

Es un funcionamiento muy parecido al que tendríamos ante una emergencia. Filtramos toda la información y activamos nuestra atención hacia aquello que nos resulta inquietante.

J.G.F.: El miedo a lo diferente es una respuesta emocional primaria que todos tenemos. La cuestión clave es que si alguien además de pobre es diferente (raza, color…) se tiende a identificar las dos cosas y se convierte en un chivo expiatorio.

¿Síntomas peligrosos?

E.I.: Creo que hay mucho prejuicio que se proyecta en los medios de comunicación y se manifiesta en las declaraciones de los políticos, que a mi juicio son bastante desacertadas y preocupantes.

Hay una ecuación que sale sistemáticamente y es injusta: “Inmigración igual a delincuencia”. Eso es falso porque un análisis en materia de seguridad ciudadana lo demuestra.

El 80 por ciento del extranjero que está en prisión no es por el factor migratorio, sino por pertenecer a bandas de delincuentes, y éstas llegan la mayoría de las veces como turistas, pero a nadie se le ocurre decir que turismo es igual a delincuencia porque ahí nos va los recursos económicos del país.

Entonces es más fácil cargarle a la inmigración el chivo expiatorio de la delincuencia. Hay que decirlo claramente: en muchas ocasiones, las declaraciones de los políticos han supuesto un auténtico impulso a la xenofobia.

J.G.F.: Muestran esa falta de información en el discurso, muchas veces ligada a los medios de comunicación. Todos sabemos que la mayoría de los inmigrantes no entran en patera, si no que entran por otras vías, y, sin embargo, se nos ponen día a día imágenes de barcas varadas en las playas…

También hay un contrapeso importante en algunas de las declaraciones de los políticos cuando se habla de si está lleno o no el mercado laboral y los empresarios diciendo que no, que cabe gente y que la mayoría de los inmigrantes -y eso lo dicen las encuestas y la realidad y hay que transmitirlo- están trabajando como cualquiera de nosotros.

Están levantando las cotizaciones de la Seguridad Social. Los empresarios lo han dicho también: necesitamos a los inmigrantes y su mano de obra.

M.J.A.: No solamente los políticos. Los medios de comunicación están contribuyendo a esta alarma social. No es noticia que la mayoría de los inmigrantes esté trabajando, lo que son noticia son las peleas, el asalto al chalé, las bandas…

Eso es lo que sale constantemente y lo que la gente ve. Llega un momento que tiendes a generalizar y piensas que eso es lo que está ocurriendo y se empieza a producir un sentimiento de rechazo que cada vez es más fuerte.

A veces hay sectores muy crispados como, por ejemplo, la sanidad. Hablas con los médicos y te dicen que están desbordados, que no están preparados para todo lo que está viniendo, que hay enfermedades que estaban erradicadas y que de nuevo aparecen y que se encuentran sin medios… Esa sensación de desbordamiento hace pensar que la sanidad ha empeorado cualitativamente.

¿Hay racismo inconsciente?

M.J.A.: Sí, cuando lo hacemos a nivel emocional. En esos momentos nuestra actuación no se basa en hechos objetivos. Nos dejamos condicionar por factores externos, por la presión que ejercen determinados medios o personas y por factores internos como el miedo, el temor, la vulnerabilidad, que están en la base de nuestras emociones y que están ligados a nuestro sistema de supervivencia.

Muchas veces, sin darnos cuenta, adoptamos actitudes racistas que no reconocemos en nosotros mismos.

J.G.F.: Por definición o principios nadie es racista, pero lo que sí hay son conductas de rechazo, de intolerancia, que en muchos casos son inconscientes o no son reconocidas por las personas.

¿Quién falla?

E.I.:Desde hace mucho tiempo, tanto la ONU como la Unión Europea viene avisando de que España necesita un gran volumen de presencia migratoria. Hay que insistir a la gente que sin la presencia de los inmigrantes se cae el sistema, porque no podríamos sostener la sanidad, la atención a los ancianos…

Tenemos miedo al inmigrante, pero luego somos nosotros los que contratamos al inmigrante para que nos ayude con nuestros padres o esté con nuestros hijos. El contraste entre el prejuicio y la realidad es un abismo.

Entonces, quién está fallando. Si desde hace mucho tiempo se tiene la información de que la evolución va a ser como está siendo y sabemos lo que va a pasar de aquí al 2050, lo que tienen que hacer los políticos, que son los que tienen la capacidad de tomar decisiones, es poner en marcha las medidas adecuadas para que no haya problemas en los hospitales, para que los colegios tengan una dieta adecuada según la religión…

Nosotros lo que no podemos interpretar es que el inmigrante es mano de obra que viene a trabajar y se acabó, porque el tiempo de la esclavitud ya pasó. El reproche hay que hacérselo a los políticos.

J.G.F.:El tema es gestionar la diversidad, que puede tener cosas positivas o negativas. Positivo es lo que significa descubrir nuevas formas de vida, nuevas culturas, nuevas soluciones para resolver problemas; y en las negativas puedes destacar las cosas que generan choques y conflictos porque no son iguales y al no ser iguales es lógico que se den esos choques.

Hay que verlo como algo normal: si somos diferentes, estamos enriquecidos, pero hay que hacer esfuerzos para encajarlo.

Una cosa me preocupa especialmente: que al destacar la parte negativa se está jugando con el manejo de emociones muy primarias y eso es complicado. Se oye: “Tú estás mal… esto es por los que vienen de fuera”. Tengo la impresión de que se están aprovechando determinadas situaciones de fricción, lógicas por esa diversidad, para azuzar determinadas emociones primarias que luego son muy difíciles de canalizar.

Frente a eso nos falta azuzar otras emociones también primarias como es descubrir lo nuevo y lo diferente. Esto no se están manejando en el mismo plano.

¿Intolerancia racional?

J.G.F.: No, porque es ausencia de racionalidad, de objetividad, de equilibrio y de control emocional. Es lo contrario a la dimensión humana. Seguramente pensamos que nadie, de forma consciente, trata de educar en la intolerancia, pero si así fuera no nos encontraríamos con tantas personas rígidas, llenas de rabia, cuando no de rencor; personas incapaces de sentirse bien, porque en lugar de vivir su vida, están obsesionadas con la vida de otros.

Educar en la intolerancia es educar en la inflexibilidad, en el resentimiento, en la falta de generosidad y de valores.

¿Siempre positivos?

E.I.:No debemos hablar de discriminación, sino de acción positiva; es decir, de medidas positivas para corregir la desigualdad. Lo que tiene que hacer el Gobierno es gastarse el dinero para tener más plazas en educación y que ni unos ni otros se queden sin un lugar en la escuela.

J.G.F.: Estos temas o se trabajan con políticas sociales y con recursos o esas fricciones crecerán porque siempre habrá gente interesada en aumentar y manipular esos roces. Siempre va haber gente interesada en que eso se azuze y que determinadas situaciones se vean como prioritarias.

M.J.A.: A mí me preocupa mucho que la mitad de la población española piense en este momento que no es bueno que vengan más inmigrantes. ¿Se está creando un caldo de cultivo que radicaliza la cuestión? Sí. ¿Se está haciendo una política de prevención? ¿Se prepara a los chavales para ver la riqueza de esa diversidad? No, no se hace nada; sólo a nivel testimonial.

E.I.: Yo le pediría a todos los que ponen objeciones que se acerquen a la M-30, por ejemplo. ¿Quién la está haciendo? Todos son inmigrantes.

Hay respuestas basadas en el prejuicio y el prejuicio siempre alimenta informaciones que en ciertos casos no son correctas.

¿Situación conocida?

E.I.: La gente desconoce lo mal que están para hacer lo que hacen.

M. J. A.: Desconocen la realidad.

E.I.: Y si la conocen, no va con ellos. Hay un poso de indiferencia ante el dolor y no sólo con el inmigrante, sino con el vecino y con nuestros allegados más cercanos.

El deterioro general y la mala gestión del conflicto está generando una sensación de impotencia que vuelve a revertir en el chivo expiatorio, y el chivo expiatorio es el más débil, y el más débil es el inmigrante.

Por mucho que cambie la formación o la educación de la gente siempre aparece el momento de máxima tensión. Entonces, ¿con qué instrumental lo abordamos? Creo que estamos todavía a niveles muy incipientes.

¿Papel de la juventud?

E.I.: En la adolescencia es fácil instrumentalizar los conflictos. La sociedad está viviendo un momento en el que las identidades que sirven para alimentar grupos chocan y ahí hay muchos problemas de intolerancia, no sólo de racismo y xenofobia. Esto también se ve en la sociedad adulta.

J.G.F: La juventud es un poso de solidaridad. Muchas de las cuestiones que pueden ayudar a prevenir la intolerancia son de los jóvenes.

M.J.A.: Es cierto que la adolescencia es susceptible de manipulación y de radicalización. Pero en esa etapa también te encuentras con gente que tiene una generosidad enorme, que son personas sensibles que luchan de manera muy activa.

Te encuentras con gente joven que sí que se está integrando: parejas, matrimonios y relaciones en las que se está produciendo esa mezcla, pero que se encuentran con el rechazo de padres que seguramente piensen que dónde se han metido sus hijos.

E.I.: No seré yo quien niegue la dimensión solidaria de muchos jóvenes, pero quiero advertir sobre los efectos de posiciones de patemalismo con los jóvenes. Hay que exigirlos que respeten los derechos humanos, porque veo falta de implicación.

Mi posición es bastante exigente con ellos, porque están obligados moralmente, como todos, a trabajar para construir una sociedad mejor, más libre, más humanitaria y solidaria.

M.J.A.: Es un problema de la educación que les damos los adultos. Yo soy una persona que siempre dice que en educación las cosas hay que tenerlas muy claras, que hay una serie de pautas, normas y límites que tenemos que tener y que los chavales tienen que asumir, porque entonces la situación acaba convirtiéndose en un desmadre.

Soluciones

E.I.: La educación en valores y un replanteamiento de las políticas muy orientadas hacia la integración y la prevención y, sobre todo, no abandonar a las víctimas de la intolerancia a su suerte.

Es el gran déficit que hay en esta sociedad: la gente que padece el racismo, la xenofobia, la violencia o cualquier manifestación de intolerancia se las tiene que ver solas.

J.G.F.:Yo hablaría de ser capaces de ponemos en el lugar del otro y entender por qué vienen, cuál es el verdadero efecto llamada, que no es el que nos están diciendo, sino el de la pobreza.

Hay que generar un discurso positivo y ver qué es lo que nos aportan, no sólo en el terreno de las cotizaciones económicas.

M. J. A.: La educación es crucial, pero soy un poco pesimista, porque creo que se está educando mucho en el resentimiento y eso es educar en la intolerancia y en la ausencia de valores. Esto nos está pasando un precio muy alto.

Por otra parte, no conocemos la realidad que vive esa gente, no conoces qué es lo que tienen en sus países, por qué vienen aquí y qué nos aportan. Por último, tenemos que ser muy realistas: la sociedad no está preparada para la cantidad de personas que ha venido.

La gente puede pensar que es una avalancha. Entonces, vamos a preparar a la sociedad, a mejorar las infraestructuras y a actualizar la legislación, porque si no siempre iremos por detrás y será muy fácil que llegue un discurso que radicalice a la sociedad.