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Padres Zen, autoridad con equilibrio

Padres Zen, autoridad con equilibrio

Ser comprensivos sin ser laxistas, constantes sin ser rígidos, firmes sin ser intransigentes. Esto es lo que nos enseña el zen cuando lo aplicamos a nuestra vida diaria.

¿Y si el zen nos ayudase en nuestra labor de ser unos padres justos y equilibrados sabiendo actuar con madurez en todo momento?

Es cierto que en un principio pueden parecer términos antagónicos de muy difícil unión. Mientras el zen evoca tranquilidad, sosiego, bienestar, el ser padres nos hace pensar en carreras contrarreloj, estrés, impaciencia, culpabilidad.

Y, sin embargo, el zen puede convertirse en una herramienta muy útil a la hora de actuar con eficacia frente a nuestros hijos: a ser comprensivos sin ser laxistas, constantes sin ser rígidos, firmes sin ser intransigentes.

¿Su fuerza?

Esta escuela milenaria de la simplicidad exigente coloca el rigor y la constancia en el corazón de su práctica. ¿Su originalidad?. El zen nos invita a hacer que nuestra experiencia sea nuestro único maestro, a salir de los caminos habituales, a considerar acertado sólo aquello que cada uno de nosotros experimentamos. Estas son las etapas a seguir.

Cultivar la autenticidad

“Encontrarnos es olvidarnos, es encontrar nuestra naturaleza original” (Maestro Dógen)

Muchos de nosotros reprochamos a nuestros padres que fuesen como eran y no queremos repetir los mismos errores con nuestros hijos. ¿Cuál es entonces nuestra tendencia habitual? Intentar convertirnos en padres modelos.

Pensamos que si damos el ejemplo, podremos moldear a nuestros hijos a la imagen y semejanza de nuestros deseos y aspiraciones. Tenemos en nuestra cabeza una idea de lo que es el padre ideal que rara vez corresponde con lo que somos, así que, para conseguirlo, compensamos esta falta forzando nuestra naturaleza.

Sin embargo, el zen estima que es un error pretender ser lo que no somos. Es un sufrimiento inútil, afirman los maestros zen, y un peligro para nuestros hijos que no se dejan engañar por esa imagen que pretendemos dar y que suele estar en contradicción con nuestros actos.

El zen no nos empuja a transformarnos con el fin de ser mejores. Considera que nuestra verdadera naturaleza es perfecta. Cultivar la autenticidad es aceptar plenamente nuestra singularidad, asumiendo nuestro pasado sin tratar de reescribir nuestra historia. Es practicar la benevolencia con nosotros mismos y con los demás. De lo que se trata es de aceptar nuestras emociones, pero sin enganchamos a ellas.

La situación.

Una enfermedad grave en la familia, problemas en el trabajo, un bache en la pareja nos mantiene inquietos y nos impide dormir bien.

La tentación

Proteger a nuestro hijo ocultándole nuestro dolor y nuestra Inquietud o, por el contrario, convertirlo en nuestro confidente para liberarnos de nuestra angustia.

El camino de la sabiduría. Dile, simplemente, sin entrar en detalles, que tienes un problema de adulto. Y recuérdale, apoyándote en una experiencia que ya hayas vivido, que todos los problemas terminan siempre por encontrar una solución con el tiempo y con la ayuda de las personas cercanas.

Practicar la calma

Se cree que “ser zen” significa ser capaz de mantener la sangre fría en todo momento, aunque para ello tengamos que tragarnos nuestro enfado o nuestro dolor. Sin embargo, en la espiritualidad zen de lo que no se trata precisamente es de imitar la impasibilidad.

La tranquilidad interior es la consecuencia del no apego, de no identificarnos con nuestras emociones. Practicar la calma con nuestros hijos no significa que tengamos que soportar estoicamente todas sus crisis y caprichos, sino de saber diferenciar lo que es admisible (sus enfados, sus críticas, sus caras largas) de lo que no lo es (la violencia, el insulto, los chantajes, las amenazas, etcétera).

Para un padre, la auténtica práctica de la calma y la tranquilidad pasa por tener un cara a cara consigo mismo, por la posibilidad de interrogarse en profundidad sobre su propia actitud: ¿Por qué tengo necesidad de gritar para que me entienda? ¿Por qué su silencio obstinado me pone tan nervioso?

Conservar la calma nos permite deshacernos del estrés y mostrar que somos capaces de respetar las ideas y las emociones de cada uno así como de asentar claramente nuestra autoridad de padre.

La situación II

Después de una dura jornada, es la locura en casa. Tu hijo se niega a escucharte, grita, da portazos.

La tentación II

Gritar más que él, amenazarle, darle una bofetada.

El camino de la sabiduría. Mientras él está en plena crisis, cálmate respirando profundamente por la nariz. Pídele que se vaya a su habitación, repitiéndolo, si es necesario, varias veces, sin alzar la voz, hasta que obedezca.

Dale tiempo para que se tranquilice y después ve a verle. Pídele que te explique por qué estaba así. Escúchale y después exponle qué cosas son o no admisibles.

Vive el momento, el aquí y ahora.

¿De dónde provienen la mayoría de nuestras angustias? Del hecho de volver continuamente al pasado, revisando una y otra vez nuestros actos, nuestros errores, las decisiones que tomamos en su momento y que sistemáticamente nos lleva a pensar “¿qué hubiera pasado si…?”; o de intentar proyectarnos hacia el futuro, construyendo muchas veces escenarios catastróficos de lo que puede ocurrir bajo el pretexto que “más vale prevenir que curar”.

Dos actitudes estériles y sin fundamento, afirman los maestros zen, para quienes el presente es la única realidad, el único lugar donde podemos realmente vivir, amar y decidir.

Vivir aquí y ahora con nuestros hijos es vivir sin remordimientos y sin prejuicios, es enseñarles a apreciar plenamente lo que de verdad es en lugar de lamentar lo que fue o de fantasear sobre lo que será. Es hacerles comprender que el mañana depende de hoy y que tenemos que saborear con los cinco sentidos el momento presente.

La situación III

Malas notas, deberes sin terminar… Tu hijo sólo se interesa por los videojuegos y pasa las horas muertas delante de la televisión.

La situación III

Prohibirle todas sus diversiones, multiplicar los castigos, hablarle de forma catastrófica de su futuro y decirle que se convertirá en un fracasado, en un inútil, en un parado.

El camino de la sabiduría. No proyectes tus propias angustias sobre su futuro. Organiza con él sus deberes cada tarde (horario, duración…), supervisa su trabajo, hazle recitar las lecciones felicitándole cuando lo hace bien, y cuando acabe, déjale que elija cómo quiere emplear su tiempo libre.

Conviértete en un ejemplo

En el zen, la transmisión de las enseñanzas del maestro se hacen a través del ejemplo, lo que no significa que haya que ser ejemplar en el sentido de ser irreprochables. La enseñanza es ante todo una transmisión de una experiencia personal. ¿Qué valor tendría la palabra de un maestro que “dice pero no hace”?

Un padre zen evitará predicar siempre la perfección y procurará no exigir a su hijo más de lo que él mismo pone en práctica. ¿Por qué sorprendemos de su falta de curiosidad si vive con la televisión encendida mañana y tarde? ¿O de su agresividad hacia sus hermanos cuando sus padres sólo se hablan a gritos?

Si el zen parece austero, a veces incluso inhumano, es que no utiliza ninguna máscara tras la cual poder disimular. Nos hace responsables de cada uno de nuestros actos.

La situación IV

Un imprevisto tira por tierra vuestros planes de fin de semana que toda la familia estaba esperando.

La situación IV

Desahogarnos echando pestes y echándole la culpa a todo y acto seguido sentirnos desalentados.

El camino de la sabiduría. Reunir a la familia para explicarle el cambio de planes. Dejar que cada uno exprese su decepción libremente y entre todos buscar un plan alternativo.

Origen del Zen

400 años antes de Cristo. Buda encontró la iluminación -el sentido de la vida y de la muerte-meditando a los pies del Ganges durante seis semanas, sin comer ni dormir. 600 D.C, un monje de la actual Sri Lanka, Bodhidharma, introdujo en China la llamada postura de la Iluminación, sin meta concreta, el “ch’an”.

Hicieron falta todavía siete siglos para que el “ch’an” se conviértese en el zen en Japón, donde dos maestros, Eisai y Dógen, enseñaron los principios de esta espiritualidad basada en la observación de la realidad.