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¿Por qué nos atrae el riesgo?

por que nos gusta el riesgo

Se lanzan al vacío, llegan a la cima del Everest o parten a la conquista del océano en solitario, arriesgando a cada segundo su vida y flirteando continuamente con la muerte.

¿Qué les mueve? ¿Masoquismo o búsqueda de identidad? ¿Qué intentan probarse estos aventureros al límite, en una sociedad que no cesa de valorar la seguridad?

Nietzsche

Si “la esencia de la felicidad reside en no tener miedo” -como decía Nietzsche-, ¿por qué, entonces, algunas personas tientan a la suerte comprometiéndose con el riesgo y coqueteando con el peligro? ¿Anida en ellos la necesidad de echarle un pulso a sus más íntimos terrores? ¿Pretenden explorar sus límites, conquistar su identidad, medirse con las fuerzas de la naturaleza?

Distintas razones

Aunque para cada persona hay una razón de peso distinta, recientes investigaciones llevadas a cabo por Instituto de Investigaciones Sociales Gino Germani muestran que la pasión por las emociones fuertes está íntimamente relacionada con la bioquímica.

Cada vez que afrontamos una amenaza, nuestro cerebro induce una descarga de adrenalina en la sangre y todo nuestro cuerpo se prepara para luchar o huir, poniendo nuestros sentidos, mente, músculos y órganos, en su máxima lucidez y dotándonos, durante unos instantes, de una capacidad física e intelectual extraordinarias.

“En los momentos de mayor riesgo es cuando mejor me funciona la cabeza. A mayor peligro, mejor controlo mis emociones, pienso con más claridad y es cuando logro el autocontrol ”, confiesa el alpinista Guillermo Mateo.

Superación personal

Pero más allá de la pura cuestión bioquímica, quienes practican disciplinas arriesgadas experimentan algo parecido a lo que siente maestro zen durante el ejercicio de la meditación: sentirse anclado en “el aquí y el ahora”, sin preocupaciones futuras o temores pasados.

“Una sensación de plenitud, de no precisar nada más, de tenerlo todo… y estar completo, que les hace sentirse libres, fuertes y poderosos -argumenta la psicóloga Cristina Ruiz, terapeuta de la Fundación Sauce-. Esto se debe a que en el transcurso de la práctica arriesgada se vive a tope el momento presente, en tanto que se está jugando la vida y no puede distraerse con temores, enfados, preocupaciones o cualquier otra emoción que invade habitualmente nuestra cotidianeidad”.

Aceptación

La superación personal como búsqueda de plenitud interior -y aceptación- es la piedra angular para muchas de estas personas que se codean a menudo con la muerte, como el explorador alpino César Pérez de túdela, quien sentencia que:

“El riesgo es vida y la vida nunca es razonable. Pero te empuja a superarte a ti mismo. Corres peligro, pero esa incertidumbre forma parte del propio riesgo y es esencial en la aventura más importante que siempre corre una persona: la aventura de vivir”.

Un deseo de rebeldía “Hemos creado una sociedad demasiado protectora y protegida en la que algunas personas muy aventureras se ahogan”, explica Sara Solano, psicóloga conduetista.

Seguros de vida, pensiones, inversiones sin riesgo… Estas invenciones del hombre moderno para liberarnos de la angustia de la incertidumbre pueden convertirse en amarras de plomo cuando la existencia entera se organiza en tomo al miedo de perderlas.

Sentirse vivo

De ahí que algunos busquen otras vías de existencia para sentirse vivos y reivindicar el escape y decidan vivir a otro ritmo, con más libertad. Para Carmen Portilla, espeleo-bucedora, el convivir con el riesgo “no es cuestión de masoquismo, es puro autocontrol.

No se trata de medirse con la naturaleza. Yo lo único que hago es prepararme a conciencia para una práctica que sé que puedo desarrollar, y nunca trato de ponerme a prueba más allá de lo que yo pudo acometer”.

A esto hay que añadirle un aliciente más: “aguantar” la envestida del pánico y quedarse hasta el final, para sentir esa sensación de poder. Aunque esa idea de omnipotencia es falsa, “autoinducida -argumenta Cristina Ruiz-, ya que en el momento en que la actividad termina, dicha sensación desaparece y sobreviene el vado que se intentaba llenar”.

Temores y bloqueos

“En mi opinión -continúa la especialista-, algunas personas buscan en los deportes de riesgo lo que otras persiguen en otro tipo de adicciones: al trabajo, a la comida, a las compras. .Para la terapeuta, la actitud de enfrentarse al lado más salvaje de la existencia puede estar negando temores cotidianos y bloqueos emocionales:

“Una forma de eludir esos temores es evadimos de ellos realizando actividades que nos hagan demostrarnos a nosotros mismos que no somos vulnerables, que nos medimos con el miedo”.

No en vano, muchos expertos en comportamiento humano argumentan que el amante del riesgo es una persona que se aburre con relativa facilidad, trabaja sin demasiada satisfacción y al que le cuesta disfrutar de las pequeñas cosas de la vida. Son individuos impulsivos, desinhibidos y sociables, que prefieren las actividades estimulantes, poseen un estilo de vida poco convencional y tienen amistades semejantes a ellos.

El Instituto de Investigaciones Sociales Gino Germani indagó los motivos que llevan a algunos jóvenes a adoptar conductas de riesgo que atentan contra su propia vida, encontrando que las variables que repetían en todos ellos eran: carecer de figura paterna, búsqueda de libertad, negación del miedo, necesidad de aislamiento, inadaptación, y temor a la soledad…

El éxtasis como recompensa

Parece ser que los humanos recordamos mejor si nuestros recuerdos se “fabrican” durante un fuerte impacto: si estamos asustados, enfadados o enamorados.

Tampoco hay que desdeñar el valor de la recompensa. La sensación del alpinista de llegar a la cima o el placer del parapentista de planear mecido por el viento. Durante las actividades extremas se atraviesan momentos de crisis, debido al nivel de peligro de la práctica. Superado el momento critico, se percibe un estado de bienestar y satisfacción.

La recompensa es una sensación de plenitud que entraña la necesidad de enfrentarse, nuevamente, con la dificultad y el riesgo, como cuenta el piragüista de aguas bravas Antxón Arza: “Pero siempre tenemos que aprender de cada error”.

¿Y si el amor por el riesgo fuese innato?

Recientes investigaciones aseguran que aquellos que demandan situaciones de riesgo es porque poseen un rasgo de personalidad llamado SS (sensation seeking), que es conocido como buscador de sensaciones.

Un atributo marcado por un deseo de asumir riesgos físicos, sociales, legales o financieros, para encontrar nuevas y variadas sensaciones y experiencias que cada vez sean más fuertes.

Según estudios realizados, la tendencia a mantenerse en el límite es más común en los hombres que en las mujeres, y entre las personas divorciadas que entre las personas casadas o solas y se manifiesta de varias maneras: desde la práctica de deportes extremos, desafíos peligrosos, a los menos enérgicos como viajes exóticos o experimentando con las drogas.

Estas personas, en general, hacen todo lo que está en sus manos para no incurrir en una vida monótona y redundante. Procuran no ser personas predecibles, y están muy lejos de soportar el hacer trabajos rutinarios.

Se han llegado a hacer exámenes con bebés de dos semanas y se ha observado que a esa tierna edad ya manifestaban el rasgo SS, ya que que eran más propensos a perseguir una pelota roja (a la que estaban expuestos) con la vista. También respondían a los rostros humanos y prestaban más atención al sonido de una charla que los otros.