Saltar al contenido

Somos…

somos

Muchas etiquetas, definiciones, perfiles, personas en definitiva. Y como tales, somos una imagen social de la que se deduce información constante, pero también somos inconscientes, complejos, frágiles…

Hombres o mujeres, de izquierdas o conservadores, sureños o del norte, más de carne o más de pescado, de mar o montaña, de coca-cola o pepsi. Algunas definiciones se complican más: somos niños, adolescentes o adultos, del Atlético, del Barca o del Real Madrid, leemos el ABC, El Mundo o El País, creyentes, ateos o agnósticos. Cada etiqueta se suma a las anteriores, y crean un perfil excluyente pero no complejo.

Al contrario, cada elección nos simplifica la vida, como si nos colocáramos, obedientemente, en estanterías y carpetas, dispuestos para que nos dieran lo que necesitamos. O a exigir lo que nos falta para la siguiente escalada, de tramo en tramo.

Y necesitamos maquinillas de afeitar azules, o de depilar, rosas; complicidad socialista o alusiones de derechas, chistes de Lepe o de Bilbao, chuletones o besugo, Torre vieja o Jaca, lata roja o lata azul.

La división en castas o clases sociales se enmascara ahora de elecciones: hábitos (esto es lo que somos) o elecciones (esto nos gustaría tanto, tanto, ser…). Cada objeto que obtenemos nos permite subir un escalón más en una definición en la que sentimos cómodos, en la que buscar cómplices, aliados, y referencias; porque, pese al cambio de formas, la lucha entre opuestos continúa intacta.

Somos una imagen social de la que se deduce información constante, tanto o más que cuando los mandarines chinos asignaban o prohibían colores para su corte y el pueblo. Algunos criterios siguen siendo los de siempre: el coche, ahora sin animales de tiro; la casa, su tamaño y ubicación; las vestiduras, la calidad y cantidad de la comida.

Ahora se ha trocado el apellido por las marcas, ese apellido adoptado, la huella de nobleza por la formación académica, la belleza por la eterna juventud, y las habilidades artísticas por las tecnológicas.

Nada de lo que ansiamos se nos da ya: hay que obtenerlo a cambio de dinero. Sin embargo, parte de ese dinero sí continúa condicionado por el apellido, la belleza, la familia y la capacidad artística. El bucle se cierra, la paradoja regresa sobre sí misma, y nuevamente cada elección excluye su opuesto y lo incluye. Somos hombres porque no somos mujeres, somos niños porque no somos adultos. Lo que no somos define nuestros bordes.

Somos, por tanto, más frágiles, más inconscientes, más complejos, más lentos de reacción de lo que creemos. Las historias cuentan más que nunca. Las parábolas ya no incluyen enseñanzas. Se llaman anuncios, y nos muestran la otra vida, la irreal, la que no llevamos, la que deberíamos llevar.